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Evelyn
Lamartine
"Desaparecieron
hace 33 años, pero aún espero a Alice y Léonie"
Durante
33 años eligió el silencio, pero decidió romperlo: "Es una forma de que
mis amigas sigan vivas", sonríe Evelyn
Lamartine
con sus 74 años y un mate por cebar. Vive en uno de los barrios más humildes
del conurbano. Ahí donde el frío o el calor nunca son bienvenidos.
"Nosotras optamos por esta vida. La gente, en cambio, no elige vivir en la
pobreza". Cuando dice "nosotras" habla de las monjas de las
Misiones Extranjeras de París y, en especial, de Alice
Domon
y Léonie
Duquet,
las religiosas francesas desaparecidas después de que Alfredo Astiz se
infiltrara en el grupo de Madres de Plaza de Mayo.
En
1977, Evelyn era la madre superiora de la orden en la Argentina, una tarea nada
sencilla durante esos años. "Yo elegí ser monja porque en el fondo mi
preocupación era el mundo obrero, que era el mundo de mis padres",
recuerda. Nunca pensó que esa elección la llevaría a protagonizar "casi
una telenovela", como le vuelven ahora los hechos a la memoria.
Había
conocido a Alice Domon en el noviciado en Francia y llegaron juntas a la
Argentina el 5 de febrero de 1967. "Alice quería ir a la India, pero la
convencimos de que acá también nos necesitaban", cuenta. A Léonie
Duquet e
Yvonne
Pierron,
otra hermana, las conoció en Buenos Aires: "Ellas ya estaban trabajando acá,
en villas y colegios", explica. El compromiso con los más necesitados
pronto las llevó a involucrarse en la lucha de las Madres de Plaza de Mayo.
"En ese momento, ellos también estaban entre los más desamparados",
rememora sobre aquella época.
"Ya
en el 77, la cosa estaba peligrosa, lo sabíamos, pero no sentíamos miedo, sino
bronca", enfatiza Evelyn. Por eso, Alice y Léonie habían intentado
renunciar a la Congregación. No querían comprometer al resto de las religiosas
ni tener privilegios. Las demás monjas se opusieron y les rogaron que pidieran
una dispensa. El obispo de Toulouse les concedió la licencia.
En
junio de ese año, participaron de la procesión de Corpus Christi. "Léonie,
Yvonne y Alice iban con los familiares de desaparecidos rezando el rosario, de
Congreso a Plaza de Mayo. Era una forma de pedir explicaciones por lo que estaba
pasando. ¡No podía ser que la gente desapareciera como si se la hubiera
llevado un ovni!", se indigna Evelyn. Léonie se volvió antes porque se
sentía cansada, esta vez se salvaría. En cambio, Alice e Yvonne fueron
detenidas junto a otros manifestantes: "Las llevaron a la comisaría 5ª de
la calle Lavalle. Me avisaron y salí corriendo a pedir un velo para ir a
buscarlas", señala. Las monjas habían decidido dejar de usar los hábitos
para no verse diferentes y para trabajar más cómodas en sus barrios.
Evelyn
se presentó al comisario como la madre superiora, pero aún así tuvo que
tolerar los embates del funcionario que la retó porque no controlaba a "su
tropa" y acusó a Alice e Yvonne de estar con los subversivos. "Nooo,
estaban rezando el rosario, le dije yo con cara de idiota", ironiza Evelyn
cuando habla de la primera vez que arriesgó su vida para salvar a sus hermanas.
Las monjas quedaron "en investigación" y fueron liberadas al día
siguiente.
Esa
detención fue el preámbulo de lo que vendría meses más tarde: a Evelyn le
estaría reservado el rol de la búsqueda, el rescate y la protección. Nadie
sabe bien qué le pasó a Alice esa noche en aquella comisaría. Nunca lo contó,
pero lo que haya sido no la detuvo y se involucró aún más con el reclamo por
los desaparecidos. Alice,
junto a Léonie, comenzó a elaborar las listas de desaparecidos, recolectaban
dinero con los familiares para publicar una solicitada en la que reclamaban por
el paradero de su gente. Ivonne regresó a Corrientes, mientras Evelyn misionaba
en las villas de Hurlingham. Allí, 10 años antes, había conocido a uno de los
vecinos más devotos del barrio: Jorge Rafael Videla. "Nunca imaginamos que
iba a formar parte del infierno que vendría después", reflexiona y
recuerda que lo conoció porque llevó a su hija María
Cristina Videla
de campamento.
El
infierno para Yvonne comenzó tras el golpe: "Desde 1976 nos dimos cuenta
de que esto iba mal, y que en cualquier momento había que aceptar la cárcel o
morir" (ver reportaje). Para Alice y Léonie fue el secuestro, la tortura y
la muerte. "La última vez que vi a Alice fue 15 días antes de que se la
llevaran. Estaba llena de proyectos: quería abrir una escuela y planeaba
visitar a su familia en Francia. La acompañé a tomar el colectivo...",
revela Evelyn. Nunca más la vio.
El
8 de diciembre, un seminarista le avisó: "Agarraron a Alice de la iglesia
de la Santa Cruz". "Dios mío, en la iglesia de mi barrio", pensó
Evelyn, que se había criado en un conventillo de Once, a pocas cuadras de allí.
En la iglesia de la Santa Cruz, hizo su catequesis y definió su vocación
religiosa. "Llamé a Léonie, le conté y le rogué que se fuera",
dice Evelyn. Pero Léonie se negó: "A lo mejor viene con hambre o quiere
bañarse", le contestó. Dos días después, se la llevaron de la Parroquia
San Pablo de Ramos Mejía.
Evelyn
comenzó un peregrinaje inesperado: golpear puertas de tribunales, comisarías,
despachos, y hasta de la Nunciatura. Acompañada por la hermana Montserrat Bertrán,
fue a ver al representante del Papa, monseñor Pío Laghi. "Nos miró como
si fuéramos bichos asquerosos, y nos dijo: "nosotros no sabemos nada, por
algo habrá sido". Montse se arrodilló y le rogó que hiciera algo. «él
se la sacó de encima, instintivamente, describe Evelyn, que entonces pensó:
"Dios no se olvida de lo que dijiste".
No
sintió miedo ni se retractó, buscaba a sus hermanas y no se detuvo. El caso de
las monjas francesas desaparecidas cobraba relevancia internacional y para
Francia ya era cuestión de Estado. Evelyn presentó los recursos de hábeas
corpus para Alice y Léonie. "En esos años mucha gente moría por firmar
ese papel. Ella, sin embargo, no tuvo temor y conociendo su suerte, no dudó y
lo firmó", destaca Horacio Méndez Carreras, abogado de los franceses
desaparecidos durante la dictadura, mientras señala la foja 1 del expediente Nø
40.249 del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nø 3, donde
se abrió una de las causas (ver facsímil).
Después
vinieron semanas de desesperación e incertidumbre. A pedido del embajador francés
Francoise de la Gorce, Evelyn volvió a arriesgar su vida, esta vez, para sacar
a Yvonne Pierron del país, la otra monja que estaba en la mira de Alfredo Astiz,
quien ayer cumplió 57 años en el Instituto Penal de Campo de Mayo: "Le
tengo lástima, usó toda su belleza y su inteligencia para hacer el mal",
confiesa Evelyn.
Evelyn
se repone de ese horror con una sonrisa cuando piensa en los chicos del centro
de rehabilitación de adictos con los que trabaja. "No es exactamente lo
mismo que hacían ellas, pero estamos en la misma línea. Son otras épocas y
otras necesidades. En lo que hacemos, también están ellas. Entonces, no
lograron matarlas", reflexiona y concluye: "Igual, uno siempre las
sigue esperando".
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